Este 3 de enero 2026, a las dos de la mañana, Venezuela fue bombardeada y su presidente secuestrado por tropas de Estados Unidos. En esta misma madrugada, América latina se despertó con estupor. Entre los escombros y los fallecidos de Caracas, había nacido una nueva realidad imperial para el continente. La violencia colonial que se desató contra Venezuela tiene como objetivo la reconquista total de América latina y el caribe. Apenas unas horas después del bombardeo, el presidente Trump en una rueda de prensa anunció el regreso de la doctrina Monroe. Es decir que, de ahora en adelante, todas las riquezas del continente servirán para la estabilidad y la seguridad de los Estados Unidos: “América para los estadounidenses”. O en otras palabras América pertenece a los Estados Unidos y los rivales de ayer (Europa) o los competidores de hoy (China) deberán ser expulsados de un territorio que EE.UU considera como suyo.
Que las más grandes muestras de apoyo a la barbaridad imperial hayan provenido de América latina y el caribe muestra el estado actual calamitoso de fragmentación, y sujeción de muchos territorios a la metrópoli en guerra. Lo paradójico es que el ataque militar contra Venezuela no es el fin de una escalada belicosa sino el inicio de una agresión continental.
La estrategia de seguridad nacional de EE.UU
La estrategia de seguridad nacional, documento que fija las grandes orientaciones de la política exterior de Washington, ha sido enfático sobre las próximas acciones de EE.UU. A lo largo de este documento que fue publicado a final de noviembre de 2025, Washington explica el retorno de la doctrina Monroe y sus implicaciones: “Tras años de abandono, Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental y proteger nuestra patria y nuestro acceso a zonas geográficas clave en toda la región. Negaremos a los competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales, en nuestro hemisferio.” (página 16)
La guerra comercial con China ha sido perdida por Washington en la región. China es ahora el principal socio comercial de los países latinoamericanos. Es precisamente este vínculo que pretende romper a la fuerza Estados Unidos: “Estados Unidos debe ser preeminente en el hemisferio occidental como condición para nuestra seguridad y prosperidad, una condición que nos permita imponernos con confianza donde y cuando sea necesario en la región. Los términos de nuestras alianzas, y las condiciones en las que proporcionamos cualquier tipo de ayuda, deben depender de la reducción de la influencia adversaria externa, desde el control de instalaciones militares, puertos e infraestructuras clave hasta la compra de activos estratégicos en sentido amplio” (página 18). Por eso, los estrategas estadounidenses concluyen que deben “hacer todo lo posible por expulsar a las empresas extranjeras que construyen infraestructuras en la región” (página 19)
También enfatizan en la puesta en tutela de la economía en los países que controlan: “Estados Unidos también debe resistirse y revertir medidas como los impuestos selectivos, las regulaciones injustas y las expropiaciones que perjudican a las empresas estadounidenses. Los términos de nuestros acuerdos, especialmente con aquellos países que más dependen de nosotros y sobre los que, por lo tanto, tenemos mayor influencia, deben ser contratos de fuente única para nuestras empresas” (página 19).
La preeminencia de su modelo no viene de la mano invisible del mercado, sino que es obligado a imponerse por la fuerza, la corrupción o el chantaje. Lo que pretende Estados Unidos imponer a Venezuela, ya lo han hecho sin disparar un cartucho a Argentina. El Acuerdo de comercio e inversión recíproca firmada en noviembre de 2025 entre Argentina y EE.UU parece un acto de rendición por la nación gaucha. Las condiciones avaladas por el gobierno de Milei destruirán gran parte de la agro ganadería de este país al ponerlo en competencia con la industria de Estados Unidos, y avalará la destrucción del estado para favorecer la importación de bienes de EE.UU. No hay dudas que la Bolivia de Paz, el Ecuador de Noboa o el Chile de Kast conozcan el mismo destino. En todos estos países, el modelo a seguir es el de Perú y el objetivo será “deschinificar” sus economías.
¿Por qué Perú?
Como lo declaró Alberto Fujimori, dos meses antes de su fallecimiento: “Lo que hacen Milei y Bukele, lo hice hace 30 años”. Libertario en lo económico y autoritario en lo político. El Estado ha sido totalmente desmantelado, los comunes atomizados. Ya no existe una estructura de resistencia colectiva porque lo colectivo ha sido borrado por este modelo. Desde hace cuatro años, las tropas de Estados Unidos ocupan el país, a pedido de un congreso que actúa como caja de resonancia de los intereses gringos. En estos últimos años, Perú ha reemplazado metódicamente su armamento proveniente de Rusia por materiales de países de la OTAN y de Israel, para llegar a ser calificado como país de nivel 2 en el Sistema OTAN de Catalogación. Un paso previo para ser admitido como socio global del organismo militar. El FBI está manejando los asuntos de control interno y la DEA dicta las políticas que les parece adecuadas en el segundo productor de cocaína en el mundo.
Perú ya no tiene soberanía. 40% de su territorio está concesionado a empresas privadas nacionales e internacionales. El gobierno reparte exoneración de impuestos a las grandes empresas para maximizar sus ganancias mientras el pueblo padece anemia y analfabetismo. En otras palabras, es el modelo de socio perfecto que Washington describe en su estrategia de seguridad nacional. Su meta de ahora en adelante será crear “dos, tres, muchos Perú”.
Segunda meta: “deschinificar la economía”
En noviembre de 2025, el fondo de inversión estadounidense Black Rock obtuvo la prórroga por 30 años de la concesión del puerto de Matarani en el sur del país, y planea invertir 700 millones de dólares para su modernización. Por su posición estratégica a proximidad de los yacimientos de cobre peruanos, Matarani consolidará el dominio y control de Washington sobre el destino de los recursos naturales. Con esta posición en la cadena logística, el recién inaugurado puerto de Chancay, ubicado más al norte, queda aislado por la falta de conectividad. No hay duda de que según la nueva doctrina Monroe, Washington bloqueará cualquier iniciativa de desarrollo de vías ferroviarias o autopistas que pueda favorecer cualquier “actor no hemisférico”. La deschinificación no es nueva. En los últimos meses del desgobierno de Boluarte, el ministro de defensa Pete Hegseth había exigido al canciller peruano de entonces avanzar en esta vía. Con lo ocurrido en Venezuela, las colonias de Estados Unidos acatarán más prontamente la orden imperial, con el costo de afectar el desarrollo de su país por décadas.
La recién decisión de privatizar lo que queda de la empresa petrolera de Perú (PetroPerú) parece plegarse en los deseos del corolario Trump. Y no sería extraño que sea una empresa estadounidense la que se adueñe de la joya de la corona, la refinería de Talara nacionalizada por el general Velasco en 1968.
Al imperio decadente solo le queda la fuerza para salvaguardar la estabilidad de su nación. Ya no se trata de exportar un modelo económico, político y cultural. Esta batalla ya la perdieron y el pivot del nuevo mundo multipolar está operando desde ya en el continente asiático. El intento de recolonización del continente es una cuestión de sobrevivencia, y en su afán de expulsar el primer socio comercial de los países de América latina, EE.UU participa en una gran reconfiguración política donde surgirá, en las mismas elites económicas nacionales, divergencias de intereses con la metrópoli. Una parte de los empresarios que actualmente hacen negocios con el pulmón económico del mundo no están dispuestos a sacrificar sus ganancias para que se mantengan industrias en Flint o en Bozeman. Eso ya ha ocurrido una vez. Cuando los antagonismos entre los intereses de la oligarquía criolla de Caracas y los de la corona española se volvieron irreconciliables, un clamor revolucionario se alzó desde Venezuela y solo se apagó varios años después, en la pampa de Ayacucho, en Perú.
Un rugido de indignación acaba de resonar de nuevo en Caracas. ¿Se repetirá la historia?
La Línea
